Autor: Fernanda | viernes, 1 de enero de 2010



El Peor Ataque Terrorista


El día en que Wall Street explotó: Una historia sobre la primera era de terror en norteamérica. Beverly Gage. 400 páginas. Oxford University Press. 27 dólares.
A las doce en punto del mediodía del 16 de septiembre de 1920, una bomba explotó en Wall Street, dejando 38 personas muertas y mutilando a otros varios cientos. Fue el peor ataque terrorista en los Estados Unidos, hasta el ataque en Oklahoma City en 1995; el peor de New York hasta el 9/11 del World Trade Center.
La bomba era un artefacto inmensamente cruel, probablemente hecho de dinamita atada a pesas de acero, que actuaron como metralla. Destrozó a los transeúntes que paseaban una fresca tarde de finales de verano, arrancándoles brazos y piernas, pies y manos a seres con vida. Otros fueron decapitados o destripados, o de pronto se encontraron cubiertos de llamas. Otras heridas las causó la lluvia de vidrio roto y la terrible estampida que se desató alrededor.
Se presume que el objetivo de la bomba era House of Morgan, una edificación de concreto plantada justo en frente del lugar donde la bomba fue abandonada por un carruaje a caballo. El Banco Morgan emergió de la I Guerra Mundial como la institución financiera más poderosa del mundo y tanto el banco, como sus principales, estaban bajo ataque, retórico o de otra índole, desde unos años antes, cuando negoció un inmenso préstamo para ayudar a los Aliados y seguir con la Gran Guerra. Pero la única muerte dentro del Banco fue un oficinista de 24 años. Casi todos los empleados volvieron a sus puestos de trabajo al día siguiente, algunos con vendajes y moretones. La explosión dejó solamente algunas marcas sobre las impenetrables paredes de mármol, marcas que fueron dejadas allí en desafío hasta el día de hoy: “estigma del capitalismo.”
Como en todo ataque terrorista, la mayoría de las víctimas eran personas inocentes: mensajeros, secretarias, oficinistas, vendedores, chóferes,” hombres y mujeres para quienes “Wall Street no era un gran símbolo del capitalismo americano” sino “un lugar donde ganarse la vida modestamente vendiendo leche, manejando un auto, escribiendo reportes, balanceando libros.” Solo siete de los muertos tenían más de 40 años. Cinco eran mujeres, cuatro eran adolescentes.
¿Quién haría algo así? Un contingente de los abogados y detectives privados más prominente de la nación descendieron sobre Wall Street, culpando primero a los anarquistas, luego a los agentes pagados por el nuevo gobierno de Lenin en Moscú. Pero tras años de investigación no se logró nada—ningún arresto, ningún juicio, ningún culpable. Nadie asumió la responsabilidad por el crimen, ni lo que querían lograr con ello, y pronto desapareció del ámbito público, perdido entre las sensaciones de los locos y apresurados años 20.
Beverly Gage, escritora y profesora de historia de la Universidad de Yale, resucita esa bomba en su impresionante primer libro. El Día que Wall Street Explotó describe en detalle la explosión, así como la búsqueda de los culpables, pero además, Gage nos hace el gran favor de colocarlo en el contexto más amplio de la historia, la de la guerra industrial que proliferó alguna vez en los Estados Unidos. Como gran parte de la historia de América, esas batallas se abandonan porque nadie quiere verlas muy de cerca. Como subraya Gage, la derecha evitaba discutir las décadas de brutal represión política y laboral que precedieron la explosión en Wall Street; la izquierda no quería admitir que había extremistas dispuestos a tal violencia para acabar con el orden capitalista.
Nada más entre 1881 y 1905 hubo más de 37.000 huelgas laborales en los Estados Unidos, muchas de ellas sangrientas y amargas batallas. Los esfuerzos por desarrollar sindicatos generalmente transcurrían con enfrentamientos, balaceras, arrestos, listas negras y ejecuciones; perpetradas no solo por legiones bien armadas de matones asalariados por la empresa, sino también por la policía, los alguaciles, la Guardia Nacional y hasta el ejército. Docenas de empleados murieron en estos conflictos –en Ludlow en 1914, en las huelgas de Homestead y Pullamn de 1890, en Telluride y Cripple Creek y en Colorado Springs.
Algunos sindicalistas, viendo que el estado se alineaba con la empresa, respondían con dinamita, inventada en 1866 y accesible para la industria de la construcción norteamericana. En 1905, en el estado de Idaho, una bomba le arrancó las piernas al Gobernador Frank Steunenberg mientras estaba en su propio jardín. Ocurrió tras dejar en cárceles improvisadas, y sin derecho a juicio, a miles de mineros de la huelga de Coeur d’Alene presos durante meses. Veintiún hombres murieron cuando grupos de obreros radicales volaron el edificio de Los Angeles Times en 1910, porque el periódico era ferozmente anti-sindicato.
Relativamente pocos obreros se involucraban en estos desafueros, pero millones apoyaron al Partido Socialista y a la izquierda extrema de los Obreros Industriales del Mundo, organizaciones que prometieron barrer el sistema capitalista entero. “Lejos de ser una era de plácida reforma”, escribe Gage, “la vuelta de siglo fue un momento donde la estructura de las instituciones Norteamericanas en pleno—desde el gobierno hasta la economía—parecía un campo abierto, esperando ser reformado por nuevos movimientos e ideas.”
Se desarrolló un pantanoso sub-mundo, uno donde algunos grupos radicales—particularmente células anarquistas pequeñas, pero implacables—realmente tramaron asesinatos y ataques con explosivos, mientras las empresas le tendían trampas a los huelguistas y sus líderes con falsas acusaciones y bombas de mentira.
Las cosas llegaron a puerto cuando los Estados Unidos entró a la Primera Guerra Mundial y la administración ostensiblemente progresista de Wilson dejó de lado la constitución, apresando a miles de disidentes y reprimiendo a los Socialistas y Partidistas opuestos a la guerra.
El 2 de Junio de 1919 se desataron una nueva ola de ataques en aparente retaliación, incluyendo la que destruyó la casa del Fiscal General de Woodrow Wilson, A. Mitchell Palmer, quien uso el incidente oportunisticamente para instaurar el primera “Alerta Roja” de la nación. Se volvió una de las campañas más vergonzosas de la historia del país, con cientos de deportaciones, basadas en la mera sospecha de tener inclinaciones radicales. Tal vez el peor episodio fue el hallazgo del cadáver del anarquista Andrea Salsedo en calzoncillos en una acera de Park Row de Nueva York, justo debajo del cuarto donde el Bureau of Investigation ---predecesor del FBI---lo tenía escondido desde hacía varias semanas. Los federales lo declararon un suicidio; los familiares y amigos de Salsedo lo vieron como un asesinato.
La bomba de Wall Street estalló cuatro meses más tarde. Las pocas pistas que se encontraron señalaban a los camaradas de Salsedo, miembros del Galleanisti, grupo particularmente despiadado de anarquistas cuyo nombre lo tomaron de su fundador, Luigi Gallean. Pero los cazadores rojos hicieron su trabajo demasiado bien, habiendo deportado mucho antes a Gallean y muchos otros testigos potenciales.
Aunque el crimen nunca se aclaró, tuvo otras repercusiones. La investigación mal llevada y la violación expresa de las libertades civiles de los ciudadanos, como muestra Gage, derivaron en una gran limpieza del Bureau—que paradójicamente permitió la aparición del más grande violador de libertades civiles en la historia de los Estados Unidos, J. Edgar Hoover. Y, la bomba contribuyó a la atmósfera donde otros dos anarquistas, Sacco y Vanzetti, fueron condenados por asesinato en un caso que se convertiría, para esa década, en la gran bandera de la izquierda.
En el tiempo, los estallidos se acallaron, aunque la violencia obrera organizada y otras disputas, continuó. Aún hoy en día, como escribe Gage, “queda la tendencia a pensar en la violencia como una anomalía, algo fuera de la experiencia norteamericana, y no como una de las muchas maneras como se han manejado las disputas políticas entre norteamericanos.”

Etiquetas:

Publicar un comentario